El Principito, el famoso personaje de Saint-Exupéry, insiste en que sus preguntas obtengan respuesta y, para conseguirlo, las repite una y otra vez. Su curiosidad, como la de los niños de carne y hueso, es ilimitada. Estos pequeños científicos crecen y se convierten en personas adultas que aceptan sin cuestionarse una sociedad cuyo modo de funcionamiento, basado en gran parte en conocimientos científicos y tecnológicos, ignoran. Por Annia Domenech de Caos y Ciencia.
Fuente: CAOS Y CIENCIA
El mundo de los que pueden leer este artículo en un ordenador anda, entonces, como por arte de magia, sin que la magia tenga realmente nada que ver con ello. Si no se lo creen, pueden preguntárselo a Arthur Weasley. Este mago del entorno de Harry Potter está fascinado por los objetos de las "personas normales", cuyo modo de funcionamiento, más complejo que dar un golpe de varita mágica, intenta comprender. Por qué los aviones no se caen y cómo las escaleras mecánicas suben o bajan son dos de sus interrogantes que, seguramente, comparte con muchos Muggles (personas sin poderes mágicos).
¿Cómo conseguir que la ciencia y la tecnología, presentes por doquier, lo estén también en la cultura básica de los individuos? Pero también por qué este objetivo es deseable, quién puede lograrlo y cómo debe hacerse. El libro Comunicar la ciencia, publicado por la Fundación Cotec en 2007, argumenta éstas y otras cuestiones de un modo amplio y ya bastante consensuado en el entorno de la comunicación científica. Su autor, Luis A. Martínez Sáez, es Jefe del Gabinete de Dirección del Instituto de Astrofísica de Canarias (IAC). Quizás por ello incide especialmente en cómo debe llevarse a cabo esta labor en un centro de investigación.
Más que una propuesta revolucionaria, este libro consiste en una recopilación de conocimientos con un enfoque pragmático y, esto sí, trufado de citas y datos históricos, que amenizan el texto. Cuenta que hubo un tiempo en que no existían de forma separada "las dos culturas" de las que habló Charles Percy Snow en 1997, refiriéndose a la artístico-literaria y la científica. En el Renacimiento, las humanidades incluían también a la ciencia y la tecnología, y en el s. XIX un exponente de este saber integral fue el ingeniero, científico, escritor y político español José Echegaray.
Sus 217 páginas, incluyendo la bibliografía, imprescindible en un compilación de estas características, están divididas en siete secciones, más un epílogo contra algunos de los mitos existentes en la transmisión del saber científico y tecnológico, por ejemplo que esta tarea sólo puede hacerse a través de los medios de comunicación o que la ciencia divulgada, por el hecho de requerir otro tipo de lenguaje y nivel de detalle, ya no es ciencia.
Con claridad, desfilan por él la especificidad de este sujeto de comunicación, el rol que pueden (y deben) jugar sus "fabricantes" en darlo a conocer, tanto los investigadores directamente como sus institutos a través de departamentos especializados, en qué consiste el trabajo de los periodistas… Y también reflexiones sobre cómo interactúan los diferentes jugadores de la comunicación de la ciencia, los malentendidos usuales entre ellos y la mejora necesaria de la educación, pues no incorpora los últimos descubrimientos y el mundo continúa siendo pensado como antes de la llegada de la relatividad y la mecánica cuántica. Ni siquiera se sabe lo que se ignora: nada menos que un 95% de la composición del Universo.
No olvida la influencia del entorno sociocultural en el que se pretende divulgar. Recuerda como Echegaray, en su discurso de ingreso en la Real Academia de Ciencias en 1866, ya se lamentaba de que España hubiera dejado pasar la primera revolución científica (la de Tycho Brahe, Galileo, Kepler y Newton) sin participar en ella. Esta reflexión viene a caso porque difícilmente un país pobre en investigación y desarrollo (las famosas I+D, ahora siempre acompañadas por la i de innovación) puede pretenderse avanzado e informado en estos temas. Dicho país dependerá para su progreso de la importación de los conocimientos de los que carece, lo que resulta extremadamente caro.
Pero aunque es cierto, como se menciona en Comunicar la ciencia, que "una sociedad poco cultivada no suele pedir más cultura", también lo es que las estadísticas muestran que los usuarios de los medios de comunicación demandan recibir más ciencia de la que les llega, y mucha menos política. En ninguna de las dos solicitudes se les escucha, en el segundo caso porque la política vende y en el primero porque la ciencia no.
Los investigadores, de cuyo trabajo depende el bienestar creciente de una sociedad, raramente participan en la toma de decisiones. Hay una clara descompensación entre la importancia de su aportación y su influencia real, por no hablar de la percepción negativa, incluso de clara desconfianza y miedo, que algunos de sus trabajos acarrean por desconocimiento.
Martínez Sáez defiende que la ciencia debe "venderse" con el marketing adecuado. Y que además puede interesar como aliada publicitaria a empresas que busquen ser asociadas a un centro de investigación de prestigio, lo que supone una interesante fuente de financiación. La comparación del conocimiento científico a una mercancía que puede hacer vender y venderse es, seguramente, la aportación más incómoda de Comunicar la ciencia, contraria a la visión del saber como algo interesante por sí mismo, y que no necesita de estrategias publicitarias.
El autor no renuncia, sin embargo, a la visión más exuperiana: "Las emociones forman parte del sistema de aprendizaje y ayudan a entender y dimensionar las cosas". Y es que matizaciones hay muchas en este libro lleno de planteamientos razonables para extender más la ciencia en nuestra sociedad sin olvidar sus particularidades y las del método científico, así como el lenguaje en el que se expresa, el matemático, que puede resultar muy críptico para algunos receptores.
Muchos contenidos se me quedan en el teclado, no en el tintero pues los tiempos cambian y la tecnología se impone. Pero esta propuesta de la Fundación Cotec puede descargarse en Internet. Repetitiva en sus planteamientos, permitirá recordar, aprender y, también, criticar, pues hay mil modos de abordar un desafío tan vasto como el de la comunicación científica. Respecto a sus sugerencias y consejos, uno recomendaría aplicarse el cuento, no el siguiente, aunque también:
"Tengo serias razones para creer que el planeta del cual venía el principito es el asteroide B 612. Ese asteroide fue visto una sola vez a través del telescopio, en 1909, por un astrónomo turco.
Había realizado, entonces, una gran explicación de su descubrimiento en un Congreso Internacional de Astronomía. Pero nadie le había creído a causa de su vestimenta. Los adultos son así.
Afortunadamente para la reputación del asteroide B 612, un dictador turco impuso a su pueblo, bajo pena de muerte, vestirse a la europea. El astrónomo repitió su demostración en 1920, con un traje muy elegante. Y esta vez todo el mundo estuvo de acuerdo con él. "
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