Las playas de Huanchaco, en este invierno que acaba de comenzar, son tranquilas a un lado del malecón. Al otro, el último seísmo con epicentro en aguas de Chile ha arrebatado a la costa parte de la arena. Las ondas del agua ya no son tranquilas y cargan con fiereza contra la orilla.
Mal tiempo para hacer surf, uno de los reclamos turísticos más sugerentes en este pueblo amable peruano. Caminas por la costa y reparas en una geometría de humedales; de varios agujeros cuadrados o rectangulares asoman afiladas y delgadas puntas verdosas.
Juncos en apariencia, totoras propiamente dicho. Estas plantas no han crecido de forma salvaje; los hombres llevan cultivándolas unos 2.000 años a. C. para salir a pescar en pequeñas embarcaciones realizadas con estas cañas en forma de cuña de hasta cuatro metros de largo.
Los caballos de totora rompen el horizonte marino con sus alargadas proas. Pero antes de que salgan a navegar, la playa se convierte en un taller al aire libre donde se secan una vez cosechadas las totoras a golpe de hoz. Esperan 15 días en verano, y hasta un mes cuando llegan los meses fríos.
Cuando adquieren un tono amarillento y una flexibilidad adecuada, se atan cuatro grupos de cañas: dos pequeños que se cobijan entre otros tantos mayores. En la antigüedad se amarraba esta especie de kayak con cuerdas del mismo material, pero hoy emplean fibras más resistentes, como el nailon.
Un artesano experimentado fabrica un caballo de totora en 30 minutos, para deshacerse de él tras seis meses de capturas o paseos de ocio. El salitre marino las corroe con facilidad y algo que parece un inconveniente, en realidad les ha permitido perfeccionar la técnica continuamente.
A lomos de estas piraguas, el contacto con el Pacífico es inevitable, pero esta sensación helada que hace encoger la espalda te hace formar parte de la sociedad peruana primitiva. Es hasta ahora una de las actividades más disfrutadas por los expedicionarios. Un grupo de elegidos pudo surcar las olas remando con un grueso bambú cortado a la mitad.
Un festejo para ir despedirse del desierto gris, culminado con la visita a la ciudad de adobe más grande de Perú, con 1.400 hectáreas: Chan Chan. La civilización chimú levantó interminables muros para proteger una enclave de culto a la luna, reflejada en el agua del patio central, y albergar a 50.000 personas. El resto de estancias fueron pequeños altares donde se encajaban pequeños ídolos de madera.
La tierra yerma pierde su nombre en dirección a la Selva Amazónica, donde la Ruta Quetzal pasará del nivel del mar a más de 3.000 metros de altura. Pero antes de afrontar exigentes a travesías a pie, les espera una muestra de la cultura de Sicán y las Tumbas Reales de Sipán, en mitad del Bosque de Pómac. (Fótos: Ángel Colinas)
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