Varios lectores me han pedido que escriba acerca del Sol y los últimos avances en la exploración dentro de nuestro Sistema Solar. De ahí que hoy comenzaremos nuestro recorrido interplanetario desde el centro mismo, desde esa estrella esférica y gigantesca a la que hemos llamado el Sol y que ha sido venerada en forma de dios masculino por todas las civilizaciones antiguas en nuestro planeta, desde tiempos inmemorables.
El Sol está compuesto principalmente de hidrógeno (75%) y helio (23%); el resto (2%) está constituido por pequeñas cantidades de otros elementos, como carbono, nitrógeno, oxígeno, neón y magnesio. Es un inmenso reactor nuclear en el que se produce el fenómeno llamado “fusión”, mediante el cual los átomos de hidrógeno se unen para formar átomos de helio, desprendiéndose al mismo tiempo una gran cantidad de energía. Este proceso del Sol lleva ya unos 5,000 millones de años de estarse realizando ininterrumpidamente, y se estima que continuará así por otros 5,000 millones de años, antes de convertirse en una gigante roja y después colapsarse hasta dar paso a una enana blanca compacta. Por fortuna, ninguno de nosotros estará presente cuando ese fenómeno natural y común en el Universo suceda.
Por lo pronto, en el núcleo del Sol continúa dicha transformación atómica a una temperatura de 15 millones de grados centígrados y con presiones inimaginables que hacen posible la fusión. Al liberarse energía, ésta escapa atravesando las capas de la atmósfera solar, denominadas respectivamente fotosfera, cromosfera y corona. La fotosfera es la envolvente luminosa que —con cierto cuidado— vemos normalmente en un día despejado; si se le examina a través de un telescopio, asombra percatarse de que su apariencia es granulosa, con muchas regiones oscuras que hemos llamado “manchas solares”. Allí, en esa región baja de la atmósfera del Sol, las temperaturas son bastante “frescas” en comparación con las del núcleo: sólo unos pocos miles de grados. Pero conforme esta energía tiende a escaparse, al pasar por una región más elevada de la atmósfera, se encuentra con temperaturas muchísimo más altas, del orden de un millón de grados centígrados. Esta región súper caliente que está por arriba de la fotosfera recibe el nombre de cromosfera.
La última capa de la atmósfera solar se llama corona. Su temperatura también es muy alta, similar a la de la cromosfera, pero su luminosidad es muy débil: un millón de veces más tenue que la de la fotosfera. Cuando desde la Tierra podemos observar un eclipse total de Sol, entonces la espectacular corona sí es visible y brilla majestuosamente sobre el fondo oscuro del firmamento, como una melena blanca con un disco negro en su centro —que es la Luna interponiéndose entre la Tierra y el Sol—. Y esto me recuerda aquel maravilloso espectáculo natural que los mexicanos pudimos observar en la Ciudad de México y otras regiones del país el 11 de julio de 1991. Ese eclipse total de Sol fue el último de su tipo que fue visible desde la República Mexicana en el siglo XX. Fue uno de los más largos del milenio y el foco de atención para cientos de astrónomos de todo el mundo que se congregaron en México para observarlo con sus telescopios y demás instrumentos.
Desde luego que los eclipses totales de Sol se pueden ver desde diferentes partes del planeta, pero si alguno de los lectores quiere vivir la experiencia de contemplar uno de ellos desde tierras mexicanas, tendrá que esperar al año 2024 y sería bueno que tuviese listo su traje de baño, porque dicho eclipse será visto en todo su esplendor en las regiones cercanas al hermoso puerto de Mazatlán. Si se lo pierde, entonces tendrá que esperar otra vez hasta el año 2052.
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