Aunque la base de la ufología son los contactos directos o indirectos (desde un crop circle a una abducción, pasando por un simple avistamiento) la idea de que una civilización mande una expedición a la otra punta del Universo para llenar unos minutos de Cuarto Milenio es absurda. Si alguna vez hay una prueba de vida en otro planeta (aunque sea de una civilización extinguida) vendrá en forma de señal electromagnética.
Me explico: el Universo es más grande que ni sé y todo está muy lejos. Nosotros, en los 5.000 años que llevamos intentando exterminarnos, lo más lejos que hemos llegado con naves tripuladas (en seis ocasiones) es a la Luna. Para ir a la estación espacial, de momento, acabamos de renunciar a los Endeavour y vamos a recurrir a los Soyuz, que son poco más que tecnología soviética de la Guerra Fría (ha sido como cambiar un Porsche por un Lada). Esta misma semana, el avión llamado a ser el más rápido de la Historia ha acabado de submarino y el Concorde es un sueño que a los más jóvenes les suena a prehistoria. Surcar el Universo no es tan fácil, mandar señales, sí. Y muy barato.
Pero ¿han venido? Eso nos lleva al Santo Grial de la ufología, la desclasificación ovni: algunos sueñan con que un día aparecerá ‘El Documento’ final que les dará la razón, pero de momento lo único que hay son letanías de informes que aburren hasta a los ufólogos más recalcitrantes. Australia reconoció recientemente haber perdido todos los archivos y, poco antes, que en Gran Bretaña anunciaron había extraviado los documentos relativos a su caso más famoso (el incidente Rendlesham, 1980). Eso da alas a los que defienden el encubrimiento, aunque los motivos pueden ser otros más mundanos.
Una prueba podría estar entre los 34 nuevos archivos (unas 350 páginas) recién publicados por el Ministerio de Defensa británico. Unos documentos de 1995 que reflejan uno de los grandes problemas de la institución a la hora de abrir sus archivos: llevaban años pasándose los avistamientos por donde tocaba, pero hacerlo público sólo crearía sospechas en la opinión pública. En una de las cartas, el Departamento de Defensa británico afirmaba:
“Debido a la falta de recursos [inteligencia militar, el DI55] no ha sido capaz de estudiar los informes que reciben, y se limitaban a echarles un vistazo y guardarlos en una carpeta (…). Básicamente, no investigamos el fenómeno; no hemos hecho nada; lo haríamos si existiera una buena razón, por ejemplo una evidencia de amenaza. Pero está claro que en este caso no se ha apreciado ninguna que pudiera atribuirse a un objeto volador no identificado”
En otras palabras, no había ni tiempo ni dinero que perder cuando las necesidades de la seguridad nacional (el arte de inventarse enemigos para justificar el gasto militar) eran otras. Es evidente que hay uniformados que siguen creyendo en esas fantasías, pero los ministerios de Defensa (viva el eufemismo) tienen otras cosas que hacer. En lo que no se equivocan es que, hagan lo que hagan, siempre habrá alguien que sospeche.
Pero mientras rechazan las miles de páginas de docenas de países que han desclasificado documentos, muchos prefieren dejarse llevar por ensoñaciones como las del paleofriki William Cooper (en la foto, el que va vestido) y su libro Behold a Pale Horse. La obra habría que calificarla de genial si fuera un homenaje a la demencia, pero lo peor es que está escrita en serio. En ella, el padre de la teoría de que a JFK lo mató su chófer (lo juro), cuenta sus años en Vietnam luchando contra alienígenas y los muchos contactos directos y secretos entre agencias que oficialmente no existen y aliens. De esos lodos vinieron los exopolíticos.
A los ufólogos el SETI les interesa más bien poco (solo lo quieren para darse un barniz de respetabilidad), pero prefieren acumular colecciones de anécdotas mil veces desacreditadas para seguir soñado.
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