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Friday, February 13, 2009

Carretera hacia las estrellas: guía para perplejos



Hace poco, durante unas vacaciones, me reencontré con un viejo amigo de la infancia. Sentados delante de unas cervezas, sumidos en la penumbra de un bar, la animada conversación no tardó en volver, con melancólica pasión, a uno de nuestros sueños comunes de la infancia: el primer viaje tripulado a Marte.

- Hoy leí en la web de la NASA que estiman que para dos mil treinta y tantos... - comenta mi amigo.

Sonreímos con amargura. Ambos sabemos, a estas alturas, lo que esa estimación significa. Cuando éramos pequeños, había misiones planeadas para el futuro y lejano año dos mil. Del mismo modo que, hace cincuenta años, también quedaban veinte, como ahora, para la energía de fusión.

- Tú sabes de estas cosas -me dice-. ¿Por qué tanta sonda, tanto Mars Global Surveyor, tanto Pathfinder, pero ninguna misión tripulada?

Le miro, y descubro en un espejo cercano la misma cara que pone mi hermana, oftalmóloga, cuando le pregunto por trastornos cerebrales. "Yo estudio nebulosas planetarias..." comienzo a decir con voz apagada, pero me detengo porque sé que cualquier resistencia será inútil. Así que me encojo de hombros, dispuesto a sobrellevar lo que se me viene encima con la mayor entereza y rigor posibles.

- Bueno, no soy ningún experto, pero diría que hay varias razones que hacen postergar las misiones tripuladas. Por un lado, necesitamos "allanar" el camino, prepararlo para nuestra llegada, al igual que hicimos en la Luna. Y por otro... a decir verdad, la tecnología ha avanzado tanto que usando robots podemos hacer casi todas las cosas que hasta hace poco requerían presencia humana. Piensa en cambio en el coste político de una muerte en el espacio, cosa en absoluto improbable. Y, por encima de todo, supongo, la razón es que sería terriblemente caro. Y no está el horno para bollos.

Mi interlocutor agacha la mirada ante semejante ducha de injusta realidad. Bebemos en silencio durante un rato, hasta que, quizás a causa de la cerveza, me descubro en plena ráfaga de optimismo. Así que la apuro, pido otra ronda, y me lanzo sin red hacia un viaje que, una vez descartado el real, ocurrirá al menos en nuestra imaginación.

- Pero no te preocupes. La Historia ha demostrado que siempre que se ha podido hacer algo, ha acabado haciéndose, independientemente de la dificultad que entrañe la empresa. Y si no que se lo pregunten a Colón. Puede que nosotros no lleguemos a verlo, pero seguramente acabaremos yendo a Marte, estableciendo colonias permanentes allí, y expandiéndonos por el Sistema Solar.

- ¿No dijiste que era muy caro? - contesta frunciendo el ceño.

- Sí. Así que lo primero será abaratarlo. Construir una nave en órbita, como se está haciendo con la ISS, es carísimo, sobre todo por el transporte de material y mano de obra desde la superficie de la Tierra mediante cohetes. Por eso, dicha expansión pasará necesariamente por la construcción de un ascensor espacial, que se elevará 30.000 km sobre el ecuador, en la órbita geoestacionaria, y por el que se podrán subir todas las piezas y el combustible de manera cómoda y muy económica, de manera que la propia nave será ensamblada y "lanzada" desde allí mismo, a coste muy reducido. Un proyecto surgido de la imaginación del padre de la Astronáutica, Konstantin Tsiolkovski, popularizado después por uno de uno de los mayores visionarios de la ciencia-ficción, Arthur C. Clarke, y que hoy en día se está tomando pero que muy en serio.

- ¿Y cómo viviremos allá arriba? - pregunta, y veo sus ojos brillar-. La atmósfera de Marte es irrespirable, ¿no?

- Bueno, no es sólo irrespirable. Además es muy tenue y muy fría, y las frecuentes tormentas de arena harían que la perspectiva de una tempestad en el desierto del Sahara nos pareciera unas relajadas vacaciones. Si queremos residir en otros planetas, en otros satélites, tendríamos dos opciones. O establecer grandes cúpulas reforzadas y dotadas de sistemas de procesamiento y renovación de oxígeno, como en los experimentos Biosfera que se han llevado a cabo aquí en la Tierra, o terraformarlos, es decir, modificar su atmósfera a imagen y semejanza de la nuestra...

- ¿Modificar la atmósfera de un planeta... entero? - me interrumpe, abriendo bien los ojos-. ¿Cómo?

- Hay varias ideas. Desde pintar los casquetes polares de negro para absorber más luz del Sol y derretirlos, hasta desviar y hacer chocar hordas de cometas de hielo, ricos en oxígeno, contra su superficie. Como ves, además de irrealizables hoy en día o siquiera en un futuro cercano, son ideas bastante bárbaras, por lo que de haber cualquier vida microbiana, es muy posible que la extinguiéramos, sin darnos cuenta.

- Vaya...

- Y además de eso, la diferente gravedad será otro problema a tener en cuenta. Tal y como les pasa a los astronautas en las misiones en ingravidez prolongada, los huesos se descalcifican al no estar sometidos a un ejercicio continuado.

- En Star Trek tenían generadores de gravedad artificial que activaban y desactivaban con un interruptor, ¿no?

- Sí - contesto con una sonrisa-, una alternativa muy chula que abarata mucho el rodaje de una serie de televisión, al no tener que recurrir a los efectos especiales. Pero no parece algo muy factible en la realidad. Y es más que probable que nunca lo sea.

Mi interlocutor parece entonces algo apesadumbrado, así que le doy una alternativa:

- Bueno, al menos durante el viaje propiamente dicho esto no sería un problema. Las naves espaciales tendrán que disponer de zonas de residencia en rotación, de manera que la fuerza centrífuga pegue a los tripulantes a las paredes exteriores, como el agua de un cubo de playa que hacemos girar muy rápidamente y que por eso no cae al suelo. ¿Recuerdas 2001, una Odisea del espacio? Esa gravedad artificial en las naves es practicable. Pero en cuanto a los planetas... es más difícil, quizás sólo podamos habitar aquellos cuya gravedad sea bastante parecida a la de la Tierra. Así, seguramente los habitantes acabarán adaptándose.

Mi amigo pide la tercera ronda, en una clara invitación a que continúe con nuestro viaje imaginario hacia las estrellas. Acepto con gusto:

- Y eso marcará un hecho diferencial, que impedirá a los descendientes de esas gentes vivir en otros planetas cómodamente. Además, sufrirán el aislamiento que impondrán los transportes, que llevarán meses o años (como en los tiempos del Viejo y Nuevo Mundos), y las comunicaciones, que estarán limitadas a la velocidad de la luz (olvídate de un internet interplanetario de banda ancha)... todo ello posiblemente llevará al desarrollo de culturas y lenguajes diferentes, únicos, de sentimientos de independencia de los organismos centrales, y entonces, me temo, a guerras. Por no hablar de las guerras que surgirán por la carestía de los recursos minerales o el agua.

-¡Eso sí que será como en Star Wars! -exclama emocionado.

Por un momento nos imaginamos que somos colonos en Tritón, la mayor luna de Neptuno, y que la guerra con la Tierra acaba de estallar. En este caso, es una suerte poder imaginarlo y no tener que vivirlo.

- No creo que las batallas espaciales se parezcan mucho a Star Wars. Los cazas no tendrán mucho sentido en el espacio, donde no pueden girar y maniobrar como un avión, o como los Ala-X o los cazas Tie. Más bien habrá enormes y ligeros destructores, puede que dotados de armas de bombardeo planetario, y de entrañas repletas de naves de transporte de tropas capaces de tomar tierra y despegar de la superficie.

- ¿Naves enormes? Esas naves serán muy lentas, siendo tan grandes. Quizás un caza tardaría un par de días en llegar de la Tierra a Neptuno...

- No -aclaro rápidamente-, la verdadera limitación en el tiempo no vendrá impuesta tanto por el tamaño de las naves, como por la propia aceleración en sí. Supón que tenemos unos motores iónicos capaces de ejercer un empuje (aceleración) constante, y mucho combustible. La manera más rápida de llegar, en lugar de hacer complicadas carambolas de billar (como la Pionner, Huygens-Cassini u otras sondas interplanetarias), consiste simplemente en pisar el acelerador hasta la mitad del camino, darse entonces la vuelta y volver a pisarlo (frenar), de manera que nos detengamos en el punto de destino. Sin embargo, el cuerpo humano no está preparado para soportar aceleraciones mucho más grandes que la gravedad (g) durante un tiempo prolongado. Así que supongamos (y ya es mucho suponer) que las naves de nuestro enemigo son capaces de acelerar a ese valor "máximo", g, durante el viaje. ¿Recuerdas el movimiento rectilíneo uniformemente acelerado que estudiábamos en física, en el instituto? Bien, pues haciendo aquellas cuentas tan simples vemos que tendríamos algo más de dos semanas para prepararnos para la batalla. Eso, en el peor de los casos, y eso que no hemos tenido en cuenta un "pequeño" detalle...

- ¿Cuál?

- Que dicho viaje requeriría un gasto energético mucho mayor que el de la humanidad entera durante toda la Historia. En cambio, con motores algo más realistas, el viaje llevaría varios meses, cuando menos.

Mi interlocutor pone ahora cara de asombro.

- Sí – resumo-, los viajes serán necesariamente lentos. Muy lentos.

- ¿Y si pasan al hiperespacio no tardarían menos?

Sonrío ante su ingenio para intentar evadir una vez más la dura realidad imaginada, y niego con la cabeza.

- El hiperespacio es una de las ideas más fructíferas de la ciencia-ficción blanda, pero que tiene tanto rigor científico como los generadores de gravedad artificial de Star Trek.

- Pero sin duda ha de haber alternativas -se resiste-. Quizás no podamos imaginarlas, igual que los navegantes del s. XVI no podrían haberse imaginado que un día tardaríamos unas pocas horas en cruzar el Atlántico en máquinas voladoras.

Me encojo de hombros.

- El único método que se me ocurre y que no viole flagrantemente las leyes conocidas de la física es la teleportación.

- ¿Como en Star Trek?

- Bueno, ellos popularizaron el nombre, y así se ha quedado. La teleportación cuántica transfiere el estado cuántico de un átomo a otro átomo diferente, por lo que, gracias a que los átomos son indistinguibles unos de otros si están en el mismo estado, podemos decir que en la práctica hemos teletransportado el átomo en sí. Si hiciéramos lo mismo con todos los átomos de nuestro cuerpo, podríamos transferir (el copiado cuántico implica necesariamente el borrado del original, por lo que olvídate de crearte clones) nuestros cuerpos a una masa inicialmente informe en la estación de destino, que previamente tendremos que haber llevado hasta allí por métodos convencionales. Aunque, como muy acertadamente decía Clarke, hay tantos miles de millones de átomos en nuestro cuerpo, que con los medios actuales se tardaría tanto tiempo en "leer" el estado de todos para transferirlo por luz a Alfa Centauri, que sería más rápido ir caminando.

- ¿A Alfa Centauri? Esa estrella está a varios años-luz, ¿no?

- Sí, a cuatro. Y ya que estamos en ello - digo en otro arranque de eufórico optimismo-, podríamos viajar a aquellas estrellas cercanas de la Galaxia que tuvieran planetas potencialmente habitables.

- ¿Y encontrar extraterrestres? -contesta emocionado- ¿Crees que hay vida inteligente ahí fuera?

La pregunta no me pilla del todo desprevenido. Me río. Últimamente me preguntan eso con cierta frecuencia, como si yo fuera una especie de gurú religioso y mi opinión fuese dogma.

- Creo, o más bien me gusta pensar, que el Universo es muy grande. Antes creíamos que el agua, indispensable para la vida como la conocemos, era única en la Tierra. Ahora hemos descubierto agua en todas partes, incluso fuera del Sistema Solar. También pensábamos que tan sólo el Sol albergaba planetas. Y ya conocemos más de 300 planetas extrasolares. Creo que la vida, al menos microbiana, podría haber ocurrido en otras partes. Con una civilización inteligente hay que ser más cautos. Tendría que haberse desarrollado en la misma ventana temporal que nosotros, residir lo suficientemente cerca (en la Vía Láctea), y no haberse autodestruido por el camino. La consideración de todos estos factores se recoge en lo que se conoce como ecuación de Drake, quien intentó computar cuántas civilizaciones extraterrestres habría, a día de hoy, en nuestra galaxia. Los factores que permitirían la vida más básica han ido aumentando, pero no tenemos modo alguno de constreñir los factores relativos a una civilización, pues sólo conocemos la nuestra. Así, mientras que a mí me gusta pensar que es algo improbable pero posible (otra cosa muy distinta, y mucho menos probable, es que nos crucemos con ellos), tengo colegas astrofísicos que creen que estamos más solos que la una, opinión tan válida como la mía.

- No te mojas mucho - replica, visiblemente decepcionado.

- Bueno, soy un científico, no puedo asegurar lo que desconozco. Mira, recuerdo que hace años, en un debate televisivo sobre la posibilidad de que los extraterrestres nos visitaran, un conocido personaje, supuesto sacerdote, aseguró que era imposible, puesto que "como todo el mundo sabe, cuando la materia viaja más rápido que la luz, se convierte en energía".

- ¿Ah, sí? Pues no fue así como me lo aprendí yo.

- Ni tú, ni yo, porque es una tontería que no tiene absolutamente nada que ver con la física. Lo que sabemos, y a ciencia cierta, es que es completamente imposible acelerar hasta llegar a la velocidad de la luz. Y esa será justamente la siguiente limitación en nuestro viaje imaginario por el espacio.

- Esa, y la duración de una vida humana, ¿no?

- Sí, esa también, pero ahí, la Relatividad juega a nuestro favor: si encontramos un medio factible para acelerar durante un periodo de tiempo suficiente, a medida que lo hagamos, acercándonos progresivamente a la velocidad de la luz, el tiempo se contraerá, y habrá transcurrido menos tiempo para nosotros que el que haya pasado en nuestro origen y en nuestro destino. Así, si consiguiéramos alcanzar el 99,99999% de la velocidad de la luz (lo que requeriría un gasto de combustible ciertamente astronómico), podríamos cruzar la Galaxia de punta a punta en unos meros 25 años de tiempo de la nave.

- ¡Increíble! - exclama asombrado- Estoy viendo las posibilidades... Visitar agujeros negros, novas, estrellas de neutrones... Eso sí que sería turismo cósmico.

- Sí, pero si te vas, olvídate de tus seres queridos. Para cuando llegues a tu destino al otro lado de la Galaxia, ellos llevarán cincuenta mil años muertos. Y tú no habrás podido hacer turismo por el camino, porque habrás ido demasiado rápido como para ver nada.

Otra exclamación, y otra ronda más de cerveza.

- Esto cambiaría todo -me atrevo a conjeturar-, cambiaría el modo en que entendemos la civilización misma, convertiría a nuestros descendientes en desprendidos nómadas galácticos, que terminarían alcanzando los bordes de la Galaxia y explorando otras galaxias.

- ¿Y después?

- ¿Después? Sí, ya nos hemos ido muy lejos en el espacio. Ahora surquemos el río del tiempo. Si nuestra especie sobrevive lo suficiente y efectivamente se expande fuera del Sistema Solar, (sin duda un requisito indispensable para su supervivencia, a la larga), nuestros descendientes podrán un día, dentro de la friolera de cinco mil millones de años, ver en directo la muerte del Sol, y con ella de nuestra cuna, la Tierra, cuando la estrella muera y se convierta en una bella nube de gas ionizado en expansión, una nebulosa planetaria (de las que ya hablamos en la anterior entrega de esta Guía para Perplejos, y en otros artículos de caosyciencia).

¿Cinco mil millones de años? Esto ya es especulación salvaje. ¡El Homo sapiens cuenta con doscientos mil años, y estamos hablando de miles de millones de años más! Pero quizás una de las características más notables que nos separan del resto de animales es nuestra capacidad de imaginar, de soñar despiertos. Así que permitámonos seguir haciéndolo un poco más, ¿por qué no?

- La muerte del Sol sólo sería el principio. En su viaje sin retorno, nuestros descendientes podrían llegar a ver las galaxias apagarse poco a poco, en un firmamento tan distante que quizás ni ellos mismos podrían cruzar, a medida que la expansión del Universo las alejara unas de otras irremisiblemente. Asistirían así al final del imperio de la luz, que ha dominado la mayor parte de la historia del Universo, cuando casi toda la materia haya sido absorbida en agujeros negros o esté demasiado procesada (en elementos pesados) como para reunirse y formar nuevas estrellas. Y mucho, mucho tiempo después, quizás llegarían a contemplar el verdadero final de los tiempos, cuando la entropía, el desorden, en su incesante aumento, haga del Universo un lugar homogéneo, vasto, frío y oscuro. Un lugar completamente muerto.

Mi amigo hace una mueca. "El fin de los tiempos", murmura. Sin añadir más, terminamos en silencio la última ronda, pagamos y salimos a la fría noche exterior, aún sobrepasados por la viveza de las visiones de nuestra carretera hacia las estrellas, imaginaria para nosotros, pero que, quién sabe, quizás sea recorrida por la Humanidad, algún día.

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Pensamiento de hoy

febrero, 2008
Aprender sin pensar es tiempo perdido, pensar sin aprender es peligroso.
Confucio, filósofo chino.


"No hay viento favorable para el que no sabe a dónde va" (Séneca)

Camuflaje OVNI

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En nuestro mundo, una de las facultades que más nos asombra del mundo animal es la llamada mimetismo. Esta es la capacidad de los organismos vivos para pasar inadvertidos para los depredadores. Las variantes son múltiples, desde cambiar el color del pelaje, confundiéndose con su medio, hasta el de adquirir las formas de su entorno, incluso cuando nosotros mismos observamos el comportamiento de animales de nuestro interés, utilizamos el recurso del camuflaje. En la guerra la invisibilidad es una premisa, es por eso que la nación que logre duplicar el camuflaje OVNI obtendrá todas las ventajas sobre su enemigo. Actualmente existen naves invisibles, por lo menos para el radar, como el llamado Stealth Fighter, que por su diseño y pintura especial pasa inadvertido para los radares.

Einstein, en una de sus teorías afirmaba que mediante procesos magnéticos haciendo vibrar un objeto, esté podría desplazar el espectro electromagnético visible que despiden los objetos haciéndolos completamente indistinguibles para el ojo humano. Teoría que se probaría en el tristemente célebre experimento Filadelfia en 1947, con repercusiones bastante lamentables.

Los rayos infrarrojos y ultravioleta están por encima y por debajo, respectivamente, del espectro visible para el ojo humano. Para que una frecuencia infrarroja pueda ser perceptible son necesarios elementos ópticos y tecnológicos de los que carece el ojo humano, sin embargo, un ejemplo claro para poder realizarlo en nuestro hogar, basta colocar un telemando frente a una cámara de video y observarlo en el monitor de televisión.

Esto explicaría cómo aparece y cómo queda registrado en un video un OVNI, cuando al realizar la grabación éste no se observa y ni siquiera es el centro de atención. No obstante, este fenómeno también se produce en negativos fotográficos aun cuando este proceso (óptico químico) es diferente al video. Dando una idea de que si nuestras percepciones físicas no pueden detectar estos avistamientos, sí se cuenta con elementos para poder observarlos.

Otro tipo de camuflaje OVNI (al menos físico y visible), sería el de adoptar las formas del entorno atmosférico, en este caso nubes. Se han registrado avistamientos donde los observadores de estos fenómenos, ven claramente cómo las nubes tienen movimientos caprichosos en el cielo. Estos movimientos por cierto muy semejantes a los observados a través de la historia, donde incluso algunos casos se observan bajar entidades de las mismas.

Por otra parte, la misma maniobrabilidad de algunos OVNI´s hacen que pasen desapercibidos para algunos instrumentos de detección, esto como es de suponerse, sólo es necesario hallarse fuera del campo que cubre un radar, colocándose por encima o por debajo para pasar inadvertido. En medio de estos parámetros explicativos queda otra interrogativa, ¿se pueden ver o fotografiar entidades que se desarrollan en un plano de tres dimensiones? No, no se puede, ya que no obedecen las leyes físicas y ópticas del mismo comportamiento que conocemos, haciendo imposible dejar constancia en una placa o en un video, al menos con la óptica terrestre tal y como la conocemos.

Como se podrá deducir entonces, el hecho de que observemos OVNI´s en el cielo, sólo puede tratarse de un acto consciente de ser observados y enterarnos que allá arriba está sucediendo algo.