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Thursday, April 2, 2009

Espías de la Tierra



Un satélite es un objeto que gira en torno a otro objeto sin detenerse y, en principio, sin fin. Un factor externo puede eventualmente romper la situación de equilibrio en la que se encuentra y provocar que se precipite hacia su centro de interés o, en cambio, que se pierda para siempre en el espacio.

Existen satélites llamados naturales, el Universo está lleno de ellos, son los cuerpos astronómicos que orbitan alrededor de otros cuerpos astronómicos: todos los planetas del Sistema Solar son satélites del Sol, y algunos de ellos tienen los suyos propios, como Júpiter o Saturno y, por supuesto, la Tierra que dispone de la Luna, como puede apreciarse de noche. Pero también hay satélites artificiales, esto es, situados en alguna órbita por el ser humano. Sus usos son variados y, aunque la gran mayoría dan vueltas en torno a nuestro planeta, también se han mandado algunos al Sol y a otros cuerpos para obtener información de ellos. Bien pensado, podrían simbolizar el perfecto espía: siempre pendientes del sujeto designado sin que éste pueda hacer nada para evitarlo.

Aunque hasta el siglo XX no fue lanzado el primer satélite artificial, el famoso Sputnik en 1957, la posibilidad de hacerlo ya había sido razonada tres siglos antes por uno de los grandes científicos de todos los tiempos: Sir Isaac Newton. Newton, en Philosophiae Naturalis Principia Mathematica, argumentó que una bala de cañón disparada desde un sitio elevado, a una velocidad determinada, en paralelo a la superficie terrestre, podría dar la vuelta completa al planeta sin caerse y, si la velocidad de lanzamiento fuera lo bastante elevada, se posicionaría en órbita. Lo que seguramente Newton no imaginó es que el planeta llegaría a estar rodeado de satélites artificiales: unos 5.000 han sido lanzados al espacio en los últimos cincuenta años, y entre todos arbolan por lo bajo quince banderas distintas.

El secreto de un satélite en órbita es estar siempre cayendo hacia “su” cuerpo, cuya masa lo atrae por gravedad, pero mantenerse en su trayecto al compensar la inercia de su movimiento la atracción gravitatoria y detener la caída. La velocidad orbital necesaria para que este equilibrio perdure es superior cuanto más cerca al cuerpo evoluciona el satélite. Estos artefactos pueden maniobrarse de ser necesario, por ejemplo si se desvían de su órbita o cesan de apuntar hacia el lugar correcto para su trabajo. La única limitación es la energética: normalmente utilizan como fuente principal la radiación solar, razón por la cual están “vestidos” con paneles solares. La energía es preciosa y dosificada cuidadosamente en estos artefactos de alta tecnología en los que la precisión es imprescindible. En algunos de ellos también se han utilizado otros tipos de energía, como la nuclear.

Como todos los aparatos construidos por el hombre, y seguramente como todo en este universo, los satélites artificiales tienen una esperanza de vida, que se cifra en unos quince años. Una vez finalizada su vida útil, deberían desaparecer de la circulación, como recomienda un organismo de la ONU, el Comité para el Uso Pacífico del Espacio Exterior (UNCOSA), que intenta mantener una buena convivencia entre los usuarios del espacio, cada vez más numerosos. Pero con buenas palabras no basta, y la ausencia de una legislación que penalice a los propietarios u operadores de satélites que se desentiendan de ellos propicia que en el espacio no permanezcan sólo los activos, sino mucha chatarra inoperativa, que además no puede ser desplazada en caso de riesgo de choque, puesto que ya no funciona. Para hacer una comparación burda, sería como si por las carreteras de un país continuaran circulando buena parte de todos los coches que han existido. Buena parte, porque algunos de los satélites son precipitados contra la Tierra y desintegrados en la atmósfera terrestre, o aparcados en alguna órbita donde estorben menos. Para realizar estas operaciones, hay que gastar energía, y en muchos casos se prefiere alargar, aunque sea un poco, la vida del satélite que invertir en “enterrarlo” de la manera correcta.

Un ejemplo de ello era el satélite ruso Kosmos 2251, en desuso, que saltó a la fama hace pocas semanas por su choque, muy publicitado, con el satélite estadounidense Iridium 33. Los dos protagonistas de este encuentro, mejor dicho los pedazos de chatarra en los quese han convertido, han contribuido a aumentar la basura espacial: remanentes de misiones espaciales y satélites en desuso que giran como una nube de insectos en torno al planeta. La velocidad a la que se desplazan es enorme, de varios kilómetros por segundo, de ahí el elevado riesgo que conllevan: pueden herir mortalmente cualquier nueva misión espacial. Para intentar evitarlo, todos los objetos en órbita con un diámetro superior a los 10 cm, estamos hablando de más de diez mil y el número aumenta continuamente, son controlados permanentemente por el ejército de los Estados Unidos, y Europa está preparando un servicio equivalente.La información relativa a su posición y evolución está a libre disposición de las agencias espaciales y otros centros de investigación.

Los satélites se lanzan con cohetes, y algunos privilegiados con el transbordador espacial. Dichos lanzamientos requieren cuidadosos cálculos para situarlos con la velocidad adecuada en su órbita correspondiente. Si no se posicionan correctamente, pueden perderse para siempre en el espacio. Su grado de complejidad es muy variado: desde muy sencillos, simples radiotransmisores; a sofisticados telescopios, como el Telescopio Espacial Hubble, o verdaderos laboratorios científicos, por ejemplo la Estación Espacial Internacional. El primer satélite tripulado que se puso en órbita fue Vostok 1 en 1961.

Las dos principales autopistas de satélites artificiales son LEO (Low Earth Orbit, a una altura de unos 2.000 km sobre la superficie terrestre) y GEO (Geostationary Earth Orbit, a unos 36.000 km). Para definir la trayectoria de un satélite hay que utilizar dos parámetros: la altitud a la que evoluciona, y dónde se sitúa el círculo imaginario que recorre rodeando la Tierra. En las órbitas bajas coinciden muchos de los encargados de fotografiar el planeta de cerca. Y es que se posicionan en función del trabajo que tienen encomendado: científico, meteorológico, militar, de comunicaciones… Cuanto más alta es la órbita, más tiempo pueden permanecer ella, porque el vacío es más “perfecto”. En las más próximas al planeta, existen jirones atmosféricos que todavía interfieren, arrastrando el artefacto hacia abajo hasta que con el tiempo se descuelga de su trayectoria y se quema en la atmósfera.

Existe una posición estrella, a 35.890 km, en la cual el satélite se mueve sincrónicamente con la rotación terrestre, por lo que siempre está situado encima del mismo punto geográfico del planeta. Los satélites geoestacionarios, pues así se llaman los que así trabajan, además de observar en continuo lo que ocurre en un lugar, pueden actuar como una estación fija de envío y recepción de datos, y forman redes de telecomunicaciones que abarcan casi todo el planeta. Hay que imaginarlos posicionados en lugares clave para ir pasándose la pelota, en este caso ondas con información. Hablando del círculo imaginario que recorren, la banda del ecuador está muy concurrida, pues es donde se concentran las zonas más pobladas. La órbita polar, en cambio, es útil para los satélites meteorológicos que pretendan observar todo el planeta: en un tiempo dado, gracias al giro del planeta sobre sí mismo, “barren” toda su superficie.

Los satélites que hacen de enlaces para las comunicaciones a larga distancia son el gremio que más prolifera, su boom tuvo lugar a finales del siglo XX. Se dedican a la telefonía, redes informativas de radio y televisión… para ello son capaces de trabajar con distintos tipos de señales que transmiten información en vídeo, audio y otros tipos de datos. Con la expansión del cable, que tiene tiempos de conexión menores, se está frenando su uso, especialmente cuando se trata de voz, ya que en una conversación el tiempo que tarda el sonido en ir y volver al satélite en órbita puede resultar molesto. Sin embargo, no tienen parangón en lugares de acceso difícil bien sea por cuestiones orográficas bien por razones políticas. Cuando el periodismo cubre algún suceso en una zona que carece de infraestructuras, la comunicación es obligadamente por satélite: se lanza la señal hacia el artefacto de turno, y éste la reenvía a la estación terrestre en cuestión, lo que permite que llegue a su destinatario.

Estos espías, en el sentido literal del término (pues los utilizan los servicios de espionaje), y también en el metafórico al obtener información sobre el planeta, realizar comunicaciones e incluso posicionar objetos o personas en la superficie terrestre con 20 cm de margen de error; son el resultado del avance tecnológico, y al mismo tiempo sus impulsores. La tecnología siempre llama a la tecnología. Más pequeños, más eficientes y muchísimo más numerosos. Habrá que lidiar con ellos.

http://www.uncosa.unvienna.org/

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Pensamiento de hoy

febrero, 2008
Aprender sin pensar es tiempo perdido, pensar sin aprender es peligroso.
Confucio, filósofo chino.


"No hay viento favorable para el que no sabe a dónde va" (Séneca)

Camuflaje OVNI

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En nuestro mundo, una de las facultades que más nos asombra del mundo animal es la llamada mimetismo. Esta es la capacidad de los organismos vivos para pasar inadvertidos para los depredadores. Las variantes son múltiples, desde cambiar el color del pelaje, confundiéndose con su medio, hasta el de adquirir las formas de su entorno, incluso cuando nosotros mismos observamos el comportamiento de animales de nuestro interés, utilizamos el recurso del camuflaje. En la guerra la invisibilidad es una premisa, es por eso que la nación que logre duplicar el camuflaje OVNI obtendrá todas las ventajas sobre su enemigo. Actualmente existen naves invisibles, por lo menos para el radar, como el llamado Stealth Fighter, que por su diseño y pintura especial pasa inadvertido para los radares.

Einstein, en una de sus teorías afirmaba que mediante procesos magnéticos haciendo vibrar un objeto, esté podría desplazar el espectro electromagnético visible que despiden los objetos haciéndolos completamente indistinguibles para el ojo humano. Teoría que se probaría en el tristemente célebre experimento Filadelfia en 1947, con repercusiones bastante lamentables.

Los rayos infrarrojos y ultravioleta están por encima y por debajo, respectivamente, del espectro visible para el ojo humano. Para que una frecuencia infrarroja pueda ser perceptible son necesarios elementos ópticos y tecnológicos de los que carece el ojo humano, sin embargo, un ejemplo claro para poder realizarlo en nuestro hogar, basta colocar un telemando frente a una cámara de video y observarlo en el monitor de televisión.

Esto explicaría cómo aparece y cómo queda registrado en un video un OVNI, cuando al realizar la grabación éste no se observa y ni siquiera es el centro de atención. No obstante, este fenómeno también se produce en negativos fotográficos aun cuando este proceso (óptico químico) es diferente al video. Dando una idea de que si nuestras percepciones físicas no pueden detectar estos avistamientos, sí se cuenta con elementos para poder observarlos.

Otro tipo de camuflaje OVNI (al menos físico y visible), sería el de adoptar las formas del entorno atmosférico, en este caso nubes. Se han registrado avistamientos donde los observadores de estos fenómenos, ven claramente cómo las nubes tienen movimientos caprichosos en el cielo. Estos movimientos por cierto muy semejantes a los observados a través de la historia, donde incluso algunos casos se observan bajar entidades de las mismas.

Por otra parte, la misma maniobrabilidad de algunos OVNI´s hacen que pasen desapercibidos para algunos instrumentos de detección, esto como es de suponerse, sólo es necesario hallarse fuera del campo que cubre un radar, colocándose por encima o por debajo para pasar inadvertido. En medio de estos parámetros explicativos queda otra interrogativa, ¿se pueden ver o fotografiar entidades que se desarrollan en un plano de tres dimensiones? No, no se puede, ya que no obedecen las leyes físicas y ópticas del mismo comportamiento que conocemos, haciendo imposible dejar constancia en una placa o en un video, al menos con la óptica terrestre tal y como la conocemos.

Como se podrá deducir entonces, el hecho de que observemos OVNI´s en el cielo, sólo puede tratarse de un acto consciente de ser observados y enterarnos que allá arriba está sucediendo algo.