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Tuesday, March 15, 2011

Paracelso, el príncipe de los alquimistas


No hubo rama del saber médico en la cual no fuera un adelantado a su tiempo. A su destacado lugar en la historia de la ciencia añade el mérito de ser una de las mayores personalidades de la tradición ocultista occidental. En su concepto de¡ mundo la magia es la llave maestra que nos permite acceder a otras dimensiones de una Creación con múltiples niveles de realidad, en la cual los principios y fuerzas espirituales presiden el universo material y permiten explicarlo.
Artículo de ABEL MARTÍN ILLÁN aparecido en el núm. 118 de Año / Cero.

Phillipus Aureolus Teofrasto Bombasto eligió de entrada la vocación profética de la denuncia y la pugna con los poderes de su tiempo. La adopción del nombre con que firmaba sus obras, Paracelso (alternativa a Celso) fue ya toda una declaración de principios. Por si no alcanzara, el día inaugural de su cátedra en Basilea empezó por subirse a la palestra para quemar las obras de las autoridades intocables de la Medicina de su tiempo: Celso, Rhazes, Avicena y Galeno.

Su guerra contra el orden establecido se expresó siempre de la forma más radical: dictaba sus lecciones en alemán vulgar, desdeñando el latín académico y declaraba que sus colegas torturaban y mataban a los pacientes con terapias inadecuadas. Tampoco le ayudó a hacer amigos su afirmación de que había aprendido más de las curanderas y barberos sacamuelas que de los médicos y profesores en las aulas.

Para desesperación de sus enemigos, este místico iluminado de carácter apasionado fue una de las mentes científicas más vigorosas de su tiempo, un investigador infatigable de la naturaleza y un iniciado de primera línea. Experto en alquimia, cábala y astrología también alcanzaría un lugar de privilegio en la tradición mágica europea.

Paracelso nació en 1493 en Einsiedeln, cerca de Zúrich. La casa familiar, junto al río Sihl, se conserva y aún puede ser visitada. Su padre, Guillermo Bombasto de Hohenheim, ejercía la medicina y su madre murió durante el parto o poco después del nacimiento de su único hijo. Muy pronto, el médico viudo empezó a hacerse acompañar por el niño en sus visitas diarias y, en sus ratos libres, también le enseñó los rudimentos del latín y la ciencia de las plantas. De los nombres recibidos en el bautismo, nunca usará el primero (Felipe), aunque sí el de Teofrasto (etimológicamente, «el que da a conocer a Dios»). El nombre por el cual pasará a la posteridad (Paracelso) lo eligió de estudiante, como signo de su oposición a la tradición médica que veía en Celso a una autoridad intocable. También utilizó el pseudónimo de «Helvetius Ercinita». Sus admiradores le llamaban «Lutero de la Medicina», y sus detractores «Cacofrasto».

Una vida marcada
Cuando apenas contaba 9 años, su padre se traslada a Villach, en la región minera de Carintia, donde trabajaría como médico e ingeniero de minas a las órdenes de Sigmundo Füger. A éste debe el joven Paracelso su iniciación en el estudio de los minerales, que tanta importancia tendrá en sus obras posteriores, así como un conocimiento de primera mano de los métodos de los mineros y fundidores.

Sin embargo, la piedra de toque de su formación la aportó Johannes Trithemius, abad del monasterio de San Jorge en Würzburg, ciudad a la que se trasladó abandonando la casa paterna. Este monje benedictino, ya famoso en la época en que accedió a tomar a Paracelso corno discípulo, fue una de las figuras más destacadas de la alta magia erudita del Renacimiento europeo.

El buen abad era un humanista, buen conocedor de los clásicos, bibliógrafo apasionado, polígrafo excéntrico, creador de extraños métodos para aprender idiomas extranjeros y adelantado de la criptografía. Fue este clérigo, sospechoso de artes diabólicas para la Inquisición, quien le introdujo en el estudio de la cábala, la alquimia y la astrología, así como en la lectura de autores como Pico de la Mirándola, Platón, Plotino y Hermes Trimegisto.

Años de peregrinación
En 1515, Paracelso abandonó Würzburg y a su maestro, que moriría un año después. Dio comienzo entonces una nueva etapa de su vida, que se caracterizarí a por su convicción de que nada podía sustituir a la experiencia directa. «Quien quiera penetrar la Naturaleza ha de hollar los libros de ésta con los pies», escribirá, destacando, al mismo tiempo, que el saber se halla repartido por todo el mundo, lo que le convertirá en un pionero de la universalidad del conocimiento y en uno de los primeros espíritus europeos en el sentido moderno.

Durante varios años, viajará por todo el continente aprendiendo de los barberos de aldea y las brujas las recetas tradicionales y los remedios populares. Se cuenta que llegó en sus viajes hasta Constantinopla donde, junto a algunos adeptos árabes, habría profundizado en los secretos herméticos y entrado en contacto con la filosofía de los hindúes.

No obstante, a pesar de sus viajes, recientemente ha podido demostrarse que llegó a doctorarse en Medicina por la Universidad de Verona. Durante estos años se dedicó al ejercicio de la profesión, atendiendo en el camino a todo aquel que requería sus servicios. Sus numerosos éxitos empezaron a darle una sólida reputación -mezcla de admiración y recelo- que no le abandonaría durante su vida y que alcanzó su apogeo cuando se trasladó a Basilea en 1526.

Sus lecciones no pasaron desapercibidas para nadie. El psicoanalista C. G. Jung analizó su lenguaje, que considera el característico de todos los visionarios. Cuando se leen sus textos, los neologismos son de capital importancia y parecen contener sugerencias misteriosas. Siguiendo procedimientos en apariencia cabalísticos, Paracelso altera con frecuencia el orden de las letras de muchos vocablos, de forma que, por ejemplo, la palabra alemana Faden (hilo), se convierte en Dafne (la ninfa pretendida por Apolo, que representaba al Sol).

El caso es que gracias a su carácter asistemático, fogoso y exuberante, a sus modales y a su lenguaje poco refinados, no tardó en ganarse el favor popular. Parte de su éxito se debió sin duda a sus feroces críticas contra los médicos oficiales que, en connivencia con los farmacéuticos, se enriquecían prescribiendo remedios costosos, complicados y de dudosa efectividad.

Las ciencias ocultas
Pero lo más curioso de todo es que la teoría y la práctica médica de Paracelso, actualmente reconocidas como precursoras de la ciencia moderna, se derivan de su cosmovisión mágica de la Creación y de sus estudios de las denominadas ciencias ocultas. La alquimia que él cultiva, por ejemplo, tiene como primera premisa la unidad fundamental de todo lo que existe, doctrina milenaria trasmitida por los iniciados de todas las épocas.

Además, Paracelso sostiene que existe una relación íntima del hombre con la Naturaleza. Este vínculo directo se debe a que todo lo existente está compuesto únicamente por tres principios fundamentales: azufre, mercurio y sal (o arsénico). Estos factores se combinan entre sí en diferentes proporciones generando los diversos cuerpos y seres, y de ahí la posibilidad de transmutar unas sustancias en otras. Sin embargo, los referidos principios no designan las sustancias químicas del mismo nombre, sino que representan simbólicamente los ladrillos fundamentales del Universo. El mercurio es el elemento femenino, líquido y metálico; el azufre es el elemento masculino, que determina el color y la combustibilidad, mientras que la sal constituye el medio de unión entre los dos anteriores.

Estos tres factores actúan en el marco de la teoría de los cuatro elementos, heredada de la Antigüedad y desarrollada especialmente por Aristóteles -tierra, aire, agua y fuego-, ligados entre sí por otras tantas propiedades: calor, frío, sequedad y humedad. Partiendo de esta base, para la alquimia paracelsiana el azufre representa la sequedad, que por enfriamiento produce el elemento tierra y por calentamiento el fuego. Por su parte, el mercurio representa la humedad, que al enfriarse produce el agua y al calentarse genera el aire. Por último, la sal sería el quinto elemento (Quintaesencia) , el éter que cohesiona todo. Traducido a términos actuales, puede decirse que estos tres principios también equivalen a los estados de la materia (sólido, líquido y gaseoso). Pero lo importante es que este sistema de analogías alquímicas -de signo hermético- es el que sustenta la práctica médica de Paraceiso, y resulta especialmente llamativo que sus investigaciones le llevaran a conclusiones que hoy día cuentan con el reconocimiento, sin fisuras, de la comunidad médica a sus terapias revolucionarias. De su alquimia se ha dicho que es una digna precursora de la farmacología moderna. Destaca el hecho de que fuera Paracelso el primero en rechazar los polifármacos y la panacea, dogmas que nadie cuestionaba en sus días, y en reivindicar el principio activo del medicamento como único factor terapéutico. También alcanzó justa celebridad por su eficaz tratamiento de las heridas y las infecciones, y por ser el primero en defender el valor del reposo clínico y de crear condiciones favorables para que el organismo pusiera en juego sus propios recursos curativos. Paracelso consideraba que cada órgano corporal actuaba alquímicamente, separando lo puro de lo impuro.. El estómago, por ejemplo, separaba la parte nutritiva de los alimentos de la escoria, que era eliminada por los intestinos. La enfermedad se adueñaba del cuerpo, a su juicio, cuando la fuerza propia de cada órgano era incapaz de evacuar las toxinas acumuladas. Estas explicaciones chocaban frontalmente con la medicina oficial que, apoyándose aún en la vieja teoría de los cuatro humores (sangre, flema, bilis amarilla y bilis negra) sostenía que la salud o la enfermedad dependían del equilibrio o desequilibrio de estos fluidos.

Este enfrentamiento con la medicina académica refleja las tendencias de la época en que se gestó la Reforma. Desde 1521, residía en Basilea Erasmo de Rótterdam, que representaba el polo opuesto a las ideas revolucionarias del médico-mago: el mundo erudito y universitario de la educación clásica. Paracelso era su antítesis: «Que las universidades me sigan o no, ¿qué me importa?», exclamaba orgullosamente. En la misma línea, su libre interpretació n de los principios religiosos y la mayor simpatía de que gozaba entre los luteranos hicieron inevitable el enfrentamiento con el ámbito erudito y universitario católico que representaba Erasmo. Por eso, no es sorprendente que se levantara una campaña contra Paracelso, capitaneada por médicos y farmacéuticos, que alcanzó su apogeo en 1528, cuando aparecieron esparcidos por las calles multitud de libelos y panfletos difamatorios contra su persona. Esta ofensiva coincidió con la muerte de Frobenius, su protector, obligándole a huir a Alsacia, tras sólo dos años de magisterio universitario. Ya nunca volvería a enseñar en el ámbito académico. Reanudó su vida errante, recorriendo Suiza, Alemania y Moravia, y durante estos mismos años puso por escrito la mayor parte de su sistema cosmológico.

Panteísmo espiritualista
El mismo afán que llevó a los hombres de su época a explorar nuevas tierras, le llevó a él, como a otros intelectuales renacentistas, a recorrer los monasterios y abadías de Europa en busca de antiguos manuscritos. Aparte de las obras de Aristóteles, Plotino y Filón de Alejandría, o las de Ptolomeo y Dioscórides, también pudo conocer a fondo la tradición del Hermes gnóstico a través del Corpus Hermeticum, un conjunto de tratados supuestamente escritos en Egipto en tiempos de Abraham y atribuidos a Hermes Trimegisto.

La convergencia de todas estas doctrinas generó en Paracelso una especie de panteísmo espiritualista que subordinó los fenómenos terrestres a la acción celeste, y que mostraba en todas partes una emanación, directa de la divinidad creadora. En efecto, para nuestro alquimista la naturaleza es toda ella resultado de las sucesivas «coagulaciones» o «condensaciones» de la fuerza primigenia, que él denomina Mysterium Mágnum. Piedras, plantas, animales y astros representan únicamente diferentes grados de actualización de un mismo principio universal. El hombre, aún siendo producto de este proceso, ocupa un lugar privilegiado, ya que, al ser capaz de captar con su inteligencia la unidad subyacente a todo lo que existe, reunifica en el ámbito de su espíritu el Mysterium.

En este marco, el mundo se concibe como una encarnación orgánica de la divinidad. A la primera coagulación completa del Mysterium a su primera expansión, Paracelso la llama Yliaster. Éste no es aún el mundo físico ni el astral, pero los contiene virtualmente, aunque de manera indiferenciada. Es decir, en un primer momento de expansión, el Mysterium debe generar la posibilidad de las cosas, para, a través de sucesivas coagulaciones, transformarse primero en materia astral (éter), después en los distintos astros y, por último, en la materia de que están hechos la naturaleza y los hombres.

El Mysterium Mágnum, en tanto que Yliaster, se divide en las tres fuerzas parciales de la naturaleza: azufre, mercurio y sal. Estas fuerzas se coagulan nuevamente en los cuatro elementos de la teoría aristotélica clásica: agua, tierra, fuego y aire. Las tres fuerzas y los cuatro elementos constituyen la materia de que están hechos los cuerpos, los metales, los seres vivos y, finalmente, el hombre. Estas potencias luchan entre sí, y es este conflicto y el predominio de una sobre otra lo que explica la diversidad real de las criaturas.

La importancia de la magia
Sin embargo, a pesar de sus múltiples con- sensaciones y diversificaciones, el Mysterium nunca deja de ser uno. Cada diversificació n arrastra consigo el germen de todas las precedentes a través de esta unidad primitiva, que persiste en todo momento. Y es así cómo el Mysterium Mágnum se revela, en los dos sentidos del término: como naturaleza y como conocimiento en el hombre.

Dado que el ser humano es el único capaz de, comprender esta revelación, se puede decir que la unidad se realiza de nuevo en su psique. La naturaleza, por tanto, recupera su unidad original en el saber humano, en la ciencia, o lo que para Paracelso es lo mismo, en la magia. No en vano, sentenciará: «la naturaleza no es más que la ciencia visible-, la ciencia no es más que la naturaleza oculta».

La magia es la expresión más general del Mysterium Mágnum. Paracelso designa con este término al proceso que acabamos de describir; pero, por otra parte, llama también magia a la actividad por la cual el hombre puede modificar la realidad física. En efecto, a su juicio, el alma del hombre que es al cuerpo lo que el Mysterium es a la naturaleza, se erige en un centro la fuerza primigenio mágica. Y, como tal, es también un centro de conciencia, de pensamiento y, sobre todo, de voluntad. Ésta actúa, en primer lugar, sobre el propio cuerpo, no sólo porque lo crea y lo forma, sino también porque lo dirige y lo mueve. Su modo de acción es doble: es fuerza y conciencia al mismo tiempo; propone a la imaginación un objetivo que cumplir. El alma piensa algo, se vincula a ese pensamiento, lo desea y tiende a él, y así la fuerza plástica y productiva de la voluntad imprime a la materia su imagen. Cuando concebimos un movimiento, el alma, imprimiendo su imagen al cuerpo, lo realiza de ese modo; análogamente, cuando se trata de un sonido, el cuerpo lo pronuncia. Según el grado de concentración del Mysterium Mágnum en la voluntad, las imágenes que ésta sea capaz de desear y generar irían desde los meros movimientos corporales hasta la transmutación de los metales.

Como afirma Paracelso: «la imaginación es como el Sol, cuya luz no es aprehensible, pero puede, no obstante, prender fuego a una casa. Ella dirige la vida del hombre. Cuando el hombre piensa en el fuego, arde; cuando piensa en la guerra, provoca la guerra; o sea, el hombre tiene que hacer totalmente suya la idea de aquello que realmente quiere».

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Pensamiento de hoy

febrero, 2008
Aprender sin pensar es tiempo perdido, pensar sin aprender es peligroso.
Confucio, filósofo chino.


"No hay viento favorable para el que no sabe a dónde va" (Séneca)

Camuflaje OVNI

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En nuestro mundo, una de las facultades que más nos asombra del mundo animal es la llamada mimetismo. Esta es la capacidad de los organismos vivos para pasar inadvertidos para los depredadores. Las variantes son múltiples, desde cambiar el color del pelaje, confundiéndose con su medio, hasta el de adquirir las formas de su entorno, incluso cuando nosotros mismos observamos el comportamiento de animales de nuestro interés, utilizamos el recurso del camuflaje. En la guerra la invisibilidad es una premisa, es por eso que la nación que logre duplicar el camuflaje OVNI obtendrá todas las ventajas sobre su enemigo. Actualmente existen naves invisibles, por lo menos para el radar, como el llamado Stealth Fighter, que por su diseño y pintura especial pasa inadvertido para los radares.

Einstein, en una de sus teorías afirmaba que mediante procesos magnéticos haciendo vibrar un objeto, esté podría desplazar el espectro electromagnético visible que despiden los objetos haciéndolos completamente indistinguibles para el ojo humano. Teoría que se probaría en el tristemente célebre experimento Filadelfia en 1947, con repercusiones bastante lamentables.

Los rayos infrarrojos y ultravioleta están por encima y por debajo, respectivamente, del espectro visible para el ojo humano. Para que una frecuencia infrarroja pueda ser perceptible son necesarios elementos ópticos y tecnológicos de los que carece el ojo humano, sin embargo, un ejemplo claro para poder realizarlo en nuestro hogar, basta colocar un telemando frente a una cámara de video y observarlo en el monitor de televisión.

Esto explicaría cómo aparece y cómo queda registrado en un video un OVNI, cuando al realizar la grabación éste no se observa y ni siquiera es el centro de atención. No obstante, este fenómeno también se produce en negativos fotográficos aun cuando este proceso (óptico químico) es diferente al video. Dando una idea de que si nuestras percepciones físicas no pueden detectar estos avistamientos, sí se cuenta con elementos para poder observarlos.

Otro tipo de camuflaje OVNI (al menos físico y visible), sería el de adoptar las formas del entorno atmosférico, en este caso nubes. Se han registrado avistamientos donde los observadores de estos fenómenos, ven claramente cómo las nubes tienen movimientos caprichosos en el cielo. Estos movimientos por cierto muy semejantes a los observados a través de la historia, donde incluso algunos casos se observan bajar entidades de las mismas.

Por otra parte, la misma maniobrabilidad de algunos OVNI´s hacen que pasen desapercibidos para algunos instrumentos de detección, esto como es de suponerse, sólo es necesario hallarse fuera del campo que cubre un radar, colocándose por encima o por debajo para pasar inadvertido. En medio de estos parámetros explicativos queda otra interrogativa, ¿se pueden ver o fotografiar entidades que se desarrollan en un plano de tres dimensiones? No, no se puede, ya que no obedecen las leyes físicas y ópticas del mismo comportamiento que conocemos, haciendo imposible dejar constancia en una placa o en un video, al menos con la óptica terrestre tal y como la conocemos.

Como se podrá deducir entonces, el hecho de que observemos OVNI´s en el cielo, sólo puede tratarse de un acto consciente de ser observados y enterarnos que allá arriba está sucediendo algo.