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Friday, March 27, 2009

El Sinaí: una paz aparte


En medio de un mar de conflictos, el Sinaí ofrece placer, refugio espiritual y una armonía potencial.

Todo parecía tranquilo en la aldea costera de Tˆaba. Esta noche, como cualquier otra, el sol se ocultaba al oeste detrás de las montañas del Sinaí, así que la oscuridad se deslizaba colina abajo, ganando velocidad a medida que se acercaba al mar. En el hotel Hilton, los invitados se quitaban los bikinis para ponerse sus trajes de noche y sus chaquetas sport. El viento del desierto es frío en las noches de octubre, así que la administración del hotel drenaba la alberca de agua marina para llenarla a la mañana siguiente.

El Red Sea Resort ofrecía un modelo miniatura del sueño del Sinaí: el sueño de un Medio Oriente en donde los viejos enemigos cambian tierra por paz y terrorismo por turismo. Los británicos administraban el hotel, el personal era egipcio; lo frecuentaban europeos, rusos y muchos israelíes. En el exterior, las banderas egipcia e israelí ondeaban juntas. Es cierto, un mes antes el gobierno israelí advirtió sobre un ataque terrorista inminente, pero ese tipo de advertencias siempre iban y venían. Aquí los visitantes podían olvidarse de que los dos antiguos enemigos habían intercambiado la posesión de la península varias veces en el último medio siglo. Durante las guerras en 1956, 1967 y 1973, Egipto e Israel tomaron por asalto la península; en 1979 ambos países firmaron un acuerdo de paz e Israel cedió una vez más el control a Egipto. El pacto se mantiene después de 30 años.
El Sinaí siempre ha sido un lugar de paradojas de ese tipo: una tierra yerma de belleza etérea, tanto de discordia como de armonía. A pesar de la importancia geopolítica de la península, su población mayoritaria es el grupo que menos se preocupa por la identidad nacional: los beduinos.

A medida que la tarde avanza, los huéspedes pasan de los restaurantes al casino, al bar y a la discoteca. Este fin de semana, todos celebraban festividades relacionadas con el Sinaí: los egipcios recordaban su invasión a la península durante la Guerra del Yom Kippur de 1973, y los israelíes el viaje bíblico de sus ancestros por el desierto. En años recientes a la gente le ha dado por llamar a esta costa la Riviera del Mar Rojo, debido a que adoptó una decadencia y un abandono que la situaba aparte del resto de Egipto.

La frontera con Israel se encontraba a unos cuantos metros. Más adelante, en Eilat, Shachar Zaid, un bombero que estaba de descanso, salía del cine en donde él y su esposa acababan de ver una película estadounidense de bomberos. Fue entonces que un sonido sordo se escuchó en el pueblo.

Zaid corrió con su esposa hacia el sonido, hacia la frontera. En el camino se encontró con su jefe, que también estaba de descanso y se cambiaba en su auto para ponerse el uniforme, y con otros seis bomberos que llegaron en los tres camiones del pueblo. Zaid se subió junto con su jefe a uno y se acercaron a la frontera sin saber qué había más adelante. Los soldados egipcios, igual de inseguros sobre lo que estaba pasando, bloquearon el puesto de control con rifles automáticos.
Mientras se miraban entre sí a través de una línea invisible, los egipcios y los israelíes se encontraron con un repentino dilema internacional. La manera en que actuaron esa noche de 2004 se volvería emblemática de todo lo sucedido en el pasado del Sinaí y lo que quedaba por venir. Los egipcios tenían que decidir si defendían su soberanía en contra de un enemigo antiguo, y los bomberos israelíes se enfrentaron con su propia disyuntiva: si debían protragonizar una incursión de ocho hombres en suelo árabe.

Durante milenios, la península del Sinaí ha servido como un puente. Un puente de tierra para los pueblos que se mueven de un continente a otro, sí, pero también como un puente metafísico entre Dios y el hombre. Se dice que los antepasados de las tres grandes religiones monoteístas han buscado refugio en este desierto triangular. Según la biblia, Moisés recibió su tarea en el Sinaí cuando Dios le habló desde un arbusto en llamas, después vagó por el desierto con su pueblo durante 40 años. Cuando era niño, Jesús y su familia huyeron al Sinaí para escapar de la ira del celoso rey Herodes. Los primeros cristianos se escondieron de sus perseguidores romanos entre las solitarias montañas de la península, donde establecieron algunas de las primeras comunidades monásticas.

El monasterio de Santa Catalina, el más antiguo y que ha funcionado de manera continua, se asienta al pie del monte Sinaí, donde se dice que Moisés recibió los Diez Mandamientos. Es el centro espiritual del Sinaí. “El Sinaí es el único lugar en donde tenemos iconos desde el siglo vi hasta el presente”, me dijo el padre Justin, uno de los monjes. El conjunto del monasterio está rodeado por picos montañosos rosados, como si se hubieran sonrojado por la altura. Entre la basílica, la biblioteca y otras estructuras antiguas, Justin señaló la más inesperada de todas, con una luna creciente en la parte superior: una mezquita.

Según la tradición monástica, Mahoma también se refugió en el Sinaí, durante el siglo vii, y estuvo en el monasterio. Hoy en día los monjes viven junto con los beduinos musulmanes que trabajan en el monasterio, y Justin dijo que la relación –contradictoria a primera vista– ilustra algo especial de este lugar intermedio.
“Cuando se ven los conflictos del mundo actual, muchos tienen su centro en el Medio Oriente y las tensiones que han existido ahí durante milenios –me dijo–. De ahí que el Sinaí se convierta en un símbolo muy importante, porque hay cristianos y musulmanes muy fervientes, y estamos divididos por la lengua, la religión, la cultura, tantas cosas que conllevan conflicto, pero al mismo tiempo existe esta sorprendente armonía”.

La clave, dijo, es simple: “Creo que todos reverenciamos al Sinaí como una montaña sagrada”.

Hace 14 siglos Mahoma estuvo de acuerdo. Después de su encuentro con los mojes de este lugar, hizo un juramento de protección para “los monjes del Sinaí y los cristianos en general”, del cual Justin guarda una copia manuscrita en la antigua biblioteca. Mahoma decretó que “dondequiera que alguno de los monjes en sus viajes hubiera de asentarse en una montaña, colina, aldea o cualquier lugar habitable, en el mar o en el desierto, o en cualquier convento, iglesia o lugar de oración, yo estaré entre ellos”.

Y para enfatizar: “Nadie levantará las armas contra ellos, sino, por el contrario, los musulmanes habrán de hacer la guerra por ellos”.

Un joven radical –un dentista, curiosamente– decidió en 2002 formar un grupo terrorista en el Sinaí. Los detalles de las primeras etapas de su trabajo salieron a la luz sólo después de que las autoridades egipcias realizaron cuestionables interrogatorios que supuestamente incluían tortura; sin embargo la historia, a grandes rasgos, resulta familiar: Khalid Al Masaid formó el grupo Tawhid wa Jihad –Unidad y Guerra Santa– para atacar a Estados Unidos y a Israel, por considerar que humillaban al mundo árabe. Al Masaid pensaba que el tratado de paz de 1979 entre Egipto e Israel era una colusión con Occidente. El tratado condujo a la creación de la Fuerza Multinacional de Paz y Observadores, equipo internacional de fuerzas de paz que contenía el movimiento en la frontera entre Egipto e Israel. Para Al Masaid, las fuerzas de paz eran más que una afrenta; lo aislaban de una posible ayuda de Palestina. El dentista necesitaba seguidores, jóvenes descontentos y resentidos que estuvieran dispuestos a arremeter en contra de las autoridades, de los turistas, de Israel y del propio Egipto; y los encontró entre la misma gente del Sinaí.

El puente terrestre del Sinaí ha sido camino para profetas y peregrinos, quienes intercambian bienes e ideas. Sin embargo, al igual que cualquier otro puente, también tiene un valor estratégico en la guerra. Los ejércitos han cruzado sus dunas tantas veces como el hombre ha peleado: los faraones con sus carretas, los persas, los griegos, los romanos, los conquistadores islámicos y su némesis, los cruzados europeos, los turcos otomanos y los británicos, todos han llevado arena del Sinaí en sus suelas.

La más reciente versión de la guerra, entre los egipcios y los israelíes, conformó la vida actual en la península. Literalmente le dio forma a
la topografía –los búnkers y las trincheras aún cruzan el horizonte–, pero también lo hizo con el panorama humano de maneras más inesperadas. Aunque la tregua actual empezó hace 30 años, los egipcios de la península todavía consideran que los beduinos –los pastores del desierto que constituyen más de la mitad de los cerca de 360 000 habitantes del Sinaí–son colaboradores del enemigo. Los beduinos simplemente no muestran ningún tipo de lealtad a ningún gobierno, ya sea egipcio o de cualquier otra parte.
Cuando dejé el monte Sinaí, un policía me hizo orillarme en el camino en uno de los muchos puestos policiacos de Egipto. Un oficial subalterno se subió en el asiento trasero. Me dijo que era “de Egipto”, lo que en el Sinaí significa que venía de El Cairo, y quería que lo llevara a través de la península. Este tipo de conducta es de esperarse en Egipto, donde la policía está investida con un poder universal. Sin embargo, algo todavía más sorprendente ocurrió mientras pasábamos por una tubería de agua que las autoridades instalaban a través del Sinaí, como parte de los esfuerzos que los habitantes del lugar llaman la “cairificación” de la península. “Nunca se detenga a recogerlos”. Me dijo el policía, señalando a una familia de beduinos y sus cabras. Sacudió la cabeza ante el espejo retrovisor. “Son traidores. No son humanos”.

Los egipcios nunca han aceptado a estas tribus habitantes de los desiertos. Los beduinos emigraron desde el este; los habitantes del Nilo, los egipcios, vinieron del oeste. Históricamente los beduinos vagaron por vastos territorios, pero la cultura del Nilo es agraria, respetuosa de los cultivos y de la quietud, y sospechan de los vagabundos nómadas.

En los setenta, después de que Israel tomó el control del Sinaí tras la Guerra de los Seis Días, su gobierno (que también se sentía incómodo con estos ciudadanos sin papeles y que no respetaban las fronteras) inmovilizó a los beduinos con empleos, entre otras cosas, pagándoles para que administraran las vastas reservas naturales del Sinaí.

En Israel conocí a Dan Harari, que trabajó como burócrata para el gobierno del sur del Sinaí durante la administración israelí. En el despacho de su casa había una foto de él sentado ante un inverosímil escritorio plantado en el desierto, donde firmaba cheques para una fila de beduinos que se extendía más allá del enmarcado de la foto. “Sabíamos que no podíamos controlar a los beduinos –me dijo–, así que utilizamos el conocimiento que ellos tenían del lugar. Después de que Israel cedió completamente el control del Sinaí, en 1982, el gobierno egipcio desmanteló el programa beduino y formó la Autoridad para el Desarrollo Turístico, instancia diseñada para reclamar su parte de las tierras valiosas.

En las profundidades del desierto, en la primavera de 2004, un grupo de hombres se reunía con un equipo muy peculiar. Llevaban teléfonos celulares, temporizadores de lavadora, cilindros de gas y TNT. Los explosivos venían del desierto, donde se les había deshechado tras el relajamiento de las tensiones con Israel. Un extremista religioso llamado Iyad Salah –seguidor del dentista Al Masaid– había reclutado a este pequeño grupo, que incluía un jornalero, un reparador de aparatos eléctricos y un trabajador metalúrgico. Otros no tenían empleo, y la mayoría provenía de un pueblo llamado El Arish, en el Mediterráneo, en la parte norte del Sinaí. Entre las dunas, los hombres ensayaron su complot, colocando explosivos en la arena.
La pareja de mujeres semidesnudas sobre el escenario seguía el ritmo del bajo mientras el disc jockey manipulaba el volumen y la enorme pantalla tras ellas mostraba dos cerezas que temblaban en su rama. Por encima de la multitud, otras dos mujeres giraban y se colgaban en las cortinas de seda, aunque pasaban casi inadvertidas para los 2 000 jóvenes que bailaban en el club Pacha.

“¿Dónde consiguió a las bailarinas?”, le pregunté a Adly El Mestekawy, el propietario del club. “No son egipcias”.

El Mestekawy se rió, moviéndose al ritmo de la música. “Rusia”, me dijo.
Después de la última vez que Egipto retomó el control del Sinaí, los empresarios del delta del Nilo desarrollaron la costa con una velocidad increíble, e importaron valores, trabajadores, materiales y ritmos cairotas. La península cuenta con algunos de los mejores lugares de buceo del mundo, lo que resulta un atractivo para jóvenes turistas de Europa y más allá. Las tierras de pastoreo beduinas se convirtieron en hoteles internacionales, clubes, tiendas, bares. La cultura tradicional le hizo una reverencia a la ostentación.

El Mestekawy, nativo de El Cairo, fue pionero en el desarrollo de Sharm el Sheik, cerca del extremo sur de la península. En su oficina, lejos del retumbar de la pista de baile, desplegó una fotografía colosal de la ciudad 20 años atrás. No había ciudad. La foto mostraba tan sólo un edificio gris achaparrado, unas cuantas tiendas de campaña, el mar y el desierto infinito. “Aquí estamos”, dijo, señalando el bulto gris. Empezó como un hotel y después se convirtió en club nocturno. “Por lo demás, sólo beduinos”. ¿Dónde están ahora?, le pregunté. Sacudió la mano en dirección oeste. “Las colinas”, dijo.

Timi, el asistente de El Mestekawy, me condujo en la SUV de su jefe para ver su próxima empresa. Mientras tomábamos una curva en la costa, apareció un enorme castillo de arena. “El más grande del mundo”, me dijo Timi. Cuando esté terminado, servirá como zona recreativa marina, con un acuario, parque acuático y restaurantes.
Escalamos el castillo, evitando chocar con los trabajadores de El Cairo que construían la estructura, que no estaba hecha de arena sino de trozos de coral fosilizado. En la cima podíamos ver el Mar Rojo con sus tesoros: miles de especies de peces, arrecifes de coral, manglares. Este bello y frágil ecosistema submarino fue el que inició el boom y ahora, de manera notable, el Sinaí ha superado a El Cairo y a la parte interna del continente como el principal destino turístico. La población de Sharm al Sheik se ha decuplicado en 20 años, en tanto que el número de turistas ha crecido de 8 000 a más de cinco millones al año.

Cuando Egipto tomó el control del Sinaí, el Estado –ansioso por marcar el territorio como propio– demolió los hogares y los campamentos beduinos para darle paso a los inversionistas adinerados del interior. Cien por ciento de la línea costera de Sharm al Sheik ahora pertenece a las inmobiliarias. Los miembros de las tribus beduinas creían en un principio llamado wadaa-al-yad –literalmente “pon tus manos”–, mediante el cual un hombre posee la tierra si la mejora con irrigación o siembra árboles, por ejemplo. Así que algunos beduinos construyeron cimientos de concreto junto a sus hogares, con la esperanza de que esta muestra de permanencia pudiera impresionar al Estado y así salvar sus propiedades. Pero el gobierno también las demolió.
Sheikh Ishaysh, poderoso líder tribal beduino, se rehusó a abandonar su campamento en la costa norte de Sharm al Sheik en una aldea llamada Nuweiba. “Vinieron con un hombre rico que dijo que había comprado mi tierra”, explicó. Sheikh sacudió la cabeza: el hombre rico no había cavado pozos ni plantado árboles. “Les dije: ‘Voy a morir aquí’”. Sheikh Ishaysh desafió a las inmobiliarias, pero muchos de sus compatriotas simplemente se rindieron y se mudaron tierra adentro.

Mientras tanto, la cairificación llegó más allá del cemento y las tuberías. Pocos expertos han estudiado a los beduinos del Sinaí de cerca, pero Clinton Bailey, respetado antropólogo, ha pasado cuatro décadas entre las tribus. Su evaluación es desoladora. “En los setenta había muchos poetas que componían poemas tradicionales con temas contemporáneos. Hoy día no hay uno solo digno de llamarse poeta –dijo–. A las hijas ya no se les enseña a tejer alfombras o cortinas para las tiendas. Los jóvenes conocen cada vez menos acerca de las tribus o las secciones que las componen. La dieta ya no es la tradicional. Muy pocos conocen cuentos tribales o su historia”.

Llegar a El Arish, hogar de la mayoría de los hombres que ensayaron su plan en el desierto, no es fácil. Todos los caminos que conectan el sur del Sinaí con el norte se consideran como “caminos de seguridad” y están prohibidos para los visitantes.
El norte da una sensación de separación que va más allá de lo burocrático; incluso el paisaje no se parece en nada a las altas montañas rosadas del sur. Las dunas de arena se pierden en la distancia, eliminando los caminos y cambiando la perspectiva del paisaje. Todo parece lejos en el norte del Sinaí.

El gobierno egipcio alguna vez vio la costa norte como prometedora. Hace una generación, El Arish brillaba como una joya en el Mediterráneo, con amplias playas y filas de palmeras que producían carnosos dátiles. La ciudad recibió el favor del Estado, y las buenas escuelas crecieron entre los centros turísticos y los negocios. Geográficamente, El Arish está mejor acondicionado que el sur para el desarrollo turístico con su topografía plana que se extiende hacia playas arenosas y mares poco profundos, en lugar de empinadas montañas que desembocan en arrecifes de coral.
Sin embargo, hace dos décadas la explosión del desarrollo en el sur desvió todos los recursos lejos del norte. Y los disturbios en Gaza, a sólo 48 kilómetros de distancia, alejaron a los últimos turistas extranjeros.

Actualmente entrar a El Arish es como asistir a una fiesta embrujada, con platos a medio comer y sillas vacías en donde los invitados deberían estar. Pasé por una oficina turística cerrada y un bulevar de centros turísticos abandonados que daban al Mediterráneo. En el centro de la ciudad, los jóvenes estaban de pie en las aceras, viendo hacia las calles como a la espera perpetua de algo. De acuerdo con un estudio, más de 90 % de las personas entre 20 y 30 años de edad no tiene empleo de tiempo completo.

Tras pasar un tiempo corto en El Arish, luego de semanas en cualquier otra parte de Egipto, había algo fuera de lugar: parecía no haber mujeres. En otras partes del Sinaí cualquier división social se relaciona con la clase y la
tradición, no con la religión, y las mujeres aparecen en público tan a menudo como los hombres. Sin embargo, El Arish adoptó un tipo
de conservadurismo islámico que mantiene a las mujeres en sus hogares y casi siempre cubiertas. Este es el ambiente en que Iyad Salah seleccionó y reclutó a sus conspiradores beduinos, incluyendo a los hermanos Flayfil Muhammad y Suleiman.

Encontré el hogar de los Flayfil en una aldea pobre a las afueras de El Arish. Un niño corrió para traer al viejo Sheikh Ahmed Flayfil, que parpadeó cuando entró en el patio bañado de sol. No se sentó ni sirvió té, lo que rompe con todo el protocolo beduino. Después de una larga mirada, preguntó: “¿Estás aquí para preguntarme por mis hijos muertos?”

Así era.

El anciano suspiró y fijó la vista en las dunas infinitas. En el pueblo, la gente hablaba de cómo sus hijos se dejaron la barba y se retiraron al desierto a orar en vez de unirse a los vecinos en la mezquita. El anciano los desconoció.
Por fin dijo: “Están muertos”.Y se retiró sin decir una palabra más.

Hubo otras dos bombas en esa tarde de octubre. En Nuweiba, Asser El Badrawy estaba de pie en el balcón de su hotel, mirando al norte a lo largo de la costa hacia un campamento de excursionistas. Entonces vio una gran explosión que se elevaba desde el campamento. Pasó un momento antes de que el sonido de la explosión llegara; en la parte de abajo, los huéspedes en la playa –casi todos israelíes– voltearon a ver la pequeña nube en forma de hongo que se formó en el sitio de la explosión. El Badrawy pensó que era una explosión nuclear. El Sinaí disfrutaba de una reputación como lugar pacífico, así que la presencia de la nube no tenía sentido. En la irracionalidad del momento, El Badrawy corrió a su baño y se escondió, esperando el impacto de la onda expansiva que nunca llegó.

En un camino a las afueras del campamento, un hombre en un auto trató de ingresar pero se asustó en el último momento al ver aparecer a un guardia con una linterna. Rápidamente echó el auto en reversa y se atoró en una duna. Entonces se alejó caminando y detonó el auto a control remoto. En un campamento cercano, otro automovilista se estacionó cerca de un restaurante con techo de palmas e hizo explotar su auto, destruyendo el restaurante y varias cabañas de bambú. La explosión mató a dos israelíes y a un beduino.

El conductor se alejó caminado sin ser visto.El tercer objetivo era el Hotel Hilton, en el extremo norte cerca de la frontera con Israel. Los dos hombres en el vehículo que se estacionó hasta el lobby –el líder, Salah, y el trabajador, Suleiman Flayfil– podrían haber sido cualquiera: huéspedes nuevos que llegaban, trabajadores del hotel o repartidores. En el interior del hotel cientos de huéspedes bailaban, comían o dormían. Salah y Flayfil se estacionaron y se alejaron caminando. En el interior del vehículo un paquete de TNT estaba conectado al temporizador de una lavadora, que marcaba sus segundos finales. El vehículo explotó con una fuerza tremenda, derrumbando completamente la parte occidental del hotel, lo que hizo que 10 pisos y su contenido se desplomaran como una avalancha hacia el suelo. Los autos en el estacionamiento saltaron y estallaron en llamas. Pedazos de vidrio y muebles volaron en todas direcciones; las espirales de concreto de las escaleras yacían por todas partes.

La bomba mató a 31 personas e hirió a muchas más, incluyendo israelíes, egipcios, rusos. También mató a Salah y Flayfil; el temporizador avanzó demasiado rápido y la explosión los alcanzó antes de que pudieran salir del terreno del hotel. El gobierno egipcio respondió con su peculiar forma de investigación, haciendo redadas en las que arrestaron a miles de sospechosos –los cálculos varían de 2 400 a 5 000– incluyendo muchos beduinos del área de El Arish.

Diez meses después del bombardeo, el que sobrevivió de los hermanos Flayfil, Muhammad, murió en un tiroteo con la policía. Otros tres sospechosos beduinos –Younes Mohammed Mahmoud, Osama Al Nakhlawi y Mohammed Jaez Sabbah– fueron capturados posteriormente y sentenciados a muerte por las cortes de seguridad del Estado, sin derecho a apelación.

Cerca de El Arish, en la misma aldea de adobe en donde el padre de los Flayfil los desconoció, conocí a los padres de Osama Al Nakhlawi en su pequeña y limpia casa. Se sentaron en el piso de un cuarto sencillo y sirvieron té. Hablaban en voz baja y entrelazaban las manos, a veces las propias y a veces entre sí.

“Arrestan a cualquiera que crean sospechoso”, dijo la madre de Al Nakhlawi. La policía egipcia dice que su hijo construyó las bombas. Ella desplegó una carta manuscrita reciente de su hijo, tan gastada que ondeaba como un pedazo de tela en sus manos. En ella, Al Nakhlawi deploraba el trato que su tribu beduina recibía.
“Nosotros, los hijos del Sinaí –escribió desde el pabellón de condenados a muerte–, nos enfrentamos a tratos discriminatorios y racistas en comparación con los hijos del Valle del Nilo. Algunos oficiales nos acusan de ser leales a los judíos y, al mismo tiempo, nos enjuician basándose en que matamos judíos”.

Muchos en El Arish sostienen que la reacción de mano dura del gobierno sólo dividió más a la población, lo cual era la intención de los bombarderos. De hecho, en 2005 más bombarderos atacaron el Sinaí en Sharm el Sheikh, matando a veintenas de personas el Día de la Revolución de Egipto: un claro ataque a las autoridades egipcias más que a Israel. Al Masaid, el dentista fundador del grupo, murió en un tiroteo con la policía egipcia, pero según las autoridades sus seguidores atacaron otra vez en las vacaciones de primavera de 2006, en el pueblo turístico de Dahab, matando a por lo menos 23 personas.

Los bombarderos del Hilton en Tˆaba bien pudieron desear y prever todo esto, sin embargo, hubo otra consecuencia no prevista.

Dan Harari, el burócrata que expidió los cheques a los beduinos, había firmado los permisos de construcción del Hilton Tˆaba durante su estancia allí, cuando era el principal agente inmobiliario del sur del Sinaí. Él lo sabía bien. Después de la retirada de las tropas de ocupación en Israel, Harari encontró otro trabajo tras la frontera en Eilat, donde era jefe de bomberos.

La noche del 7 de octubre, cuando escuchó la explosión, se cambió de ropa en su auto, se deshizo del atuendo informal de descanso para ponerse la arrugada camisa de su uniforme. Cuando los otros tres camiones de bomberos y el bombero fuera de servicio, Shachar Zaid, llegaron, Harari se subió al camión principal y encendió la sirena. “Vi a la gente, vi el humo –dijo–. Sabía que había personas a las que había que salvar”.

Los guardias egipcios en el cruce de la frontera estaban de pie con sus armas automáticas, listos para disparar. El cercano hotel yacía en ruinas, masas de gente llorando convergían y ahora había llegado una batería de enormes camiones, conducida por sus enemigos ancestrales. Después de una breve vacilación –preguntas y respuestas a gritos a través de la línea invisible–, los soldados egipcios tomaron una decisión trascendental: suspendiendo la soberanía de su país, retiraron las armas y se hicieron a un lado para que los camiones de bomberos pudieran entrar.
En el lugar del desastre, los bomberos israelíes trabajaban con sus homólogos árabes para apagar el fuego y retirar los cuerpos de las ruinas.

Los rescatistas descubrieron que una fuente principal de agua para los camiones, el agua marina de la alberca del hotel, estaba vacía, así que el trabajo era abrasador y lento.

Israelíes y egipcios –ambos víctimas y salvadores– parecían más unidos que separados en esos momentos. Los rescatistas compartieron agua y comida, un gesto que en el Medio Oriente encierra un enorme simbolismo. El primer ministro de Israel, Ariel Sharon, alabó al presidente egipcio Hosni Mubarak por la cooperación de su país, y ambos líderes prometieron “continuar la cooperación en la lucha continua contra el terror”.

Actualmente, con su proceder característico, el gobierno egipcio ejerce una enorme fuerza autoritaria. Desconfiados, los policías y soldados de El Cairo cubren la península y pareciera que aparecen en cuanto dos caminos se juntan, dondequiera que dos personas se reúnan, vigilantes de mantener separados a los locales del Sinaí y a los extranjeros. Sin embargo, otros se aproximan por una ruta más suave. El Grupo Internacional de Crisis, agencia sin fines de lucro enfocada en el conflicto, emitió un reporte en 2007 que pedía al Estado egipcio que “altere una estrategia de desarrollo que es profundamente discriminatoria y enormemente inefectiva para satisfacer las necesidades locales”. Clinton Bailey, el experto en beduinos, dice que el gobierno debería atender un antiguo proverbio beduino: “si le pones bozal a un halcón, tienes que alimentarlo”.

Los visitantes han regresado. El día de los bombardeos en Tˆaba había casi 15 000 israelíes en la península. La cantidad disminuyó considerablemente después de eso, pero el día que llegué al Sinaí, durante las vacaciones de pascua de 2007, 1 700 israelíes cruzaban la frontera para visitar el lugar.

La gente del Sinaí siempre se ha mezclado de formas inesperadas, ya sea en la cima sagrada de una montaña o en los campamentos sobre la playa. Los terroristas del Hilton Tˆaba trataron de sacar ventaja de esta mezcolanza: con una bomba pudieron atacar a los occidentales que lo administraban, a los egipcios que trabajaban ahí y a los huéspedes israelíes. Sin embargo, su plan resultó mal en un sentido; hasta cierto punto, su bomba fusionó a estos grupos dispares en una sola población herida, pues las víctimas se juntaron para salvar sus vidas después del desastre.
Todo acto de confianza en el Medio Oriente es relativo. Sin embargo, al igual que los monjes y los beduinos en el monte Sinaí, la gente en Tˆaba tenía intereses comunes –aunque sólo fuera bailar en una discoteca– y eso los hizo en cierta medida menos vulnerables al poder separatista del terrorismo.

Por eso fue que el bombero Shachar Zaid cruzó una de las fronteras más disputadas de la historia para trabajar con sus homólogos egipcios. “Es nuestra manera de decirle a los terroristas que no tuvieron éxito –dijo–. Y no lo tuvieron”.

Escrito por: Matthew Teague

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Pensamiento de hoy

febrero, 2008
Aprender sin pensar es tiempo perdido, pensar sin aprender es peligroso.
Confucio, filósofo chino.


"No hay viento favorable para el que no sabe a dónde va" (Séneca)

Camuflaje OVNI

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En nuestro mundo, una de las facultades que más nos asombra del mundo animal es la llamada mimetismo. Esta es la capacidad de los organismos vivos para pasar inadvertidos para los depredadores. Las variantes son múltiples, desde cambiar el color del pelaje, confundiéndose con su medio, hasta el de adquirir las formas de su entorno, incluso cuando nosotros mismos observamos el comportamiento de animales de nuestro interés, utilizamos el recurso del camuflaje. En la guerra la invisibilidad es una premisa, es por eso que la nación que logre duplicar el camuflaje OVNI obtendrá todas las ventajas sobre su enemigo. Actualmente existen naves invisibles, por lo menos para el radar, como el llamado Stealth Fighter, que por su diseño y pintura especial pasa inadvertido para los radares.

Einstein, en una de sus teorías afirmaba que mediante procesos magnéticos haciendo vibrar un objeto, esté podría desplazar el espectro electromagnético visible que despiden los objetos haciéndolos completamente indistinguibles para el ojo humano. Teoría que se probaría en el tristemente célebre experimento Filadelfia en 1947, con repercusiones bastante lamentables.

Los rayos infrarrojos y ultravioleta están por encima y por debajo, respectivamente, del espectro visible para el ojo humano. Para que una frecuencia infrarroja pueda ser perceptible son necesarios elementos ópticos y tecnológicos de los que carece el ojo humano, sin embargo, un ejemplo claro para poder realizarlo en nuestro hogar, basta colocar un telemando frente a una cámara de video y observarlo en el monitor de televisión.

Esto explicaría cómo aparece y cómo queda registrado en un video un OVNI, cuando al realizar la grabación éste no se observa y ni siquiera es el centro de atención. No obstante, este fenómeno también se produce en negativos fotográficos aun cuando este proceso (óptico químico) es diferente al video. Dando una idea de que si nuestras percepciones físicas no pueden detectar estos avistamientos, sí se cuenta con elementos para poder observarlos.

Otro tipo de camuflaje OVNI (al menos físico y visible), sería el de adoptar las formas del entorno atmosférico, en este caso nubes. Se han registrado avistamientos donde los observadores de estos fenómenos, ven claramente cómo las nubes tienen movimientos caprichosos en el cielo. Estos movimientos por cierto muy semejantes a los observados a través de la historia, donde incluso algunos casos se observan bajar entidades de las mismas.

Por otra parte, la misma maniobrabilidad de algunos OVNI´s hacen que pasen desapercibidos para algunos instrumentos de detección, esto como es de suponerse, sólo es necesario hallarse fuera del campo que cubre un radar, colocándose por encima o por debajo para pasar inadvertido. En medio de estos parámetros explicativos queda otra interrogativa, ¿se pueden ver o fotografiar entidades que se desarrollan en un plano de tres dimensiones? No, no se puede, ya que no obedecen las leyes físicas y ópticas del mismo comportamiento que conocemos, haciendo imposible dejar constancia en una placa o en un video, al menos con la óptica terrestre tal y como la conocemos.

Como se podrá deducir entonces, el hecho de que observemos OVNI´s en el cielo, sólo puede tratarse de un acto consciente de ser observados y enterarnos que allá arriba está sucediendo algo.